El Enemigo Interno en Guerra Fría. Una aproximación al caso chileno


  “La Doctrina de Seguridad Nacional redefinió los roles de las fuerzas militares en función de la polaridad este-oeste que se vivía fundamentalmente en Europa Oriental, Asia y, en los sesenta, África. Los militares latinoamericanos deberían estar preparados para la defensa continental y de la seguridad interior de cada país, entregándoles la misión de mantener la unidad nacional ante cualquier peligro de disgregación.”(1)
  Este producto de la Guerra Fría concibió, a diferencia de los paradigmas estratégicos de defensa anteriores, la existencia de un enemigo tanto externo como interno. Por lo que derivó que la seguridad interior de la Nación era el campo de batalla, en el cual ideologías foráneas al servicio de potencias hostiles, intentarían imponerse a expensas de los denominados objetivos nacionales(2).
  Dicho enemigo de inspiración foránea y por tanto considerado como extranjero, carecería del sentido de Patria e identidad nacional, ya que su propósito es el de pervertir política y moralmente a la sociedad. Lo cual desembocaría irremediablemente en la destrucción del Estado y la disolución de la Nación. Se entiende en consecuencia, que el sistema democrático sería incapaz de sobreponerse a tal crisis, por lo que la sociedad en su conjunto se vería obligada para su sobrevivencia a identificar y neutralizar a dicho enemigo.
  La Democracia, bajo este pensamiento, es permisiva ya que permitiría el desarrollo del germen del enemigo interno. Por ello, bajo la perspectiva de la Doctrina de Seguridad Nacional, el sistema político democrático no podría impedir el actuar de las Fuerzas Armadas bajo ningún tipo de orden, producto de que lo que está en juego, es la sobrevivencia de la Nación misma. Su carácter totalmente antidemocrático, necesita necesariamente estar recubierto con un manto de legalidad, lo cual sería proporcionado por una Constitución Política y un ordenamiento jurídico, funcionales a tales propósitos.

  Luis Valentín Ferrada, abogado del Brigadier Miguel Krassnoff Martchenko, señaló ante la Corte Suprema, que el Estado no puede juzgar acciones que sus mismas instituciones enseñaron, señalando que el Ejército instruyó a sus jóvenes oficiales a torturar y eliminar prisioneros antes del Golpe de 1973, por lo que después de esa fecha solamente obedecieron órdenes y aplicaron lo aprendido. Con esto se contradice la tesis de los generales procesados, la cual señala que las acciones de sus subalternos fueron excesos.

  Según el abogado Valentín Ferrada, los instructivos entregados a la Corte Suprema, “demuestran como el Estado de Chile, de manera sistemática de los años 55 aproximadamente, es decir, gobiernos de Ibáñez del Campo, Alessandri Rodríguez, Frei Montalva, el doctor Allende, el General Pinochet, y después creo yo también, vino sistemáticamente, instruyendo, preparando, adiestrando, educando, a los soldados chilenos, no solo a los oficiales, a los soldados chilenos, para, en distintos grados por supuesto, para actuar, exactamente de la manera que este Estado hoy día erigido juez, quiere decir que es delito.
   ... este es el caso del Estado que primero enseña, como bueno hacer, que distingue, porque condecoraban por hacer esto bien y mejor, que envía a nuestros soldados a Panamá, para aprender esto más y mejor, que los envía a Brasil, en los años 60 en fin, para aprender esto más y mejor, yo creo que bajo el amparo de una potencia extranjera muy poderosa a todo esto... y esta gente así preparada, así formada, así instruida, con platas fiscales, en instituciones fiscales, con profesores fiscales, en un Estado hipócrita como es el nuestro... bajo todos los gobiernos democráticos anteriores, estos no son instrumentos producidos bajo el gobierno del General Pinochet, entonces aquí han habido muchos Presidentes, en consecuencia, generalísimos de las Fuerzas Armadas que supieron esto, muchos Ministros de Defensa, muchos Presidentes de la Comisión de Defensa de la Cámara de Diputados, muchos Presidentes de la Comisión de Defensa del Senado, pero claro, ahora como aúna una  derecha bastante miserable ya nadie conoce a ningún militar... fueron ministros de Estado, embajadores, algunos se enriquecieron en una generación, lo que sus antepasados no habían conseguido en cinco o seis, gracias al gobierno militar... pero ahora ya nadie conoce a los tenientes, a los coroneles, porque nuestra derecha es miserable, miserable hipócrita.
...el General Prats conocía de esto, el General Schneider conocía de esto... estas son políticas de Estado... todas las técnicas y las instrucciones sobre las formas de interrogar prisioneros, lo que se llama en estos reglamentos los tanteos... al año 1973, 74, 75, cuando se cometen los delitos que hoy día se investigan, pues todo eso estaba absolutamente vigente.”(3)

  Según lo señalado por Luis Valentín Ferrada, a partir de 1954, y producto de la fuerte influencia norteamericana en las Fuerzas Armadas, derivada del Pacto de Ayuda Militar, se introdujo en Chile una  nueva política de defensa. Extendiéndose la misión de la Guerra Convencional al campo de la Guerra Irregular. Sosteniendo que cuando el Estado chileno adoptó esta decisión, excluyó expresamente a los dos últimos Convenios de Ginebra para que quedaran exentas de sus limitaciones. Dado éste paso, se crearon los cuerpos de Comandos como unidades de élite del Ejército, completando su perfeccionamiento  en Panamá, Brasil, Honduras y Estados Unidos.

  Ferrada centra su argumentación en un reglamento de instrucción de Comandos vigente hasta 1977, en el cual se señala que deben desarrollar una ejecución rápida y violenta, atacando al enemigo siempre con la máxima agresividad y toda la potencia de fuego, aniquilándolo y destruyendo parcial o totalmente todas sus instalaciones, no permitiendo nunca una reacción contraria eficaz(4).

  El Ejército, ante lo señalado por el abogado Ferrada, señaló, a través del Coronel Andrés Avendaño, Jefe de Comunicaciones del Ejército, que “de los 19 documentos entregados por el abogado Luis Valentín Ferrada a la Corte Suprema, hay 11 que no tienen ninguna relevancia jurídica, ya que corresponden a instructivos de tipo protocolar, como el Reglamento de Correspondencia.
  Los otros 8, los más controvertidos, están obsoletos, asegura, como las cartillas de los años 60, que son interpretaciones visuales de los reglamentos heredados del sistema de instrucción norteamericano. Dice que esta metodología (que incluye los dibujos sobre trato a prisioneros) era una especie de manual de cortapalos que fue reemplazada en 1983 por la Guía Metodológica para el desarrollo de la instrucción de combate, firmada por los generales Augusto Pinochet y Julio Canessa.
  Si bien ésta compila las formas de comportamiento que se debe tener en el campo de batalla, no considera el trato a prisioneros de guerra. Este aspecto se encuentra en el Manual de Ética bélica, que enseña a respetar los Convenios de Ginebra.”(5)

  Por otra parte, el Coronel Avendaño aclara que “la guerra de guerrillas es un concepto que no tiene relación con la subversión interna. El concepto se refiere cuando tropas regulares pasan a actuar como montoneras, como ocurrió con la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial. A su vez, la guerra irregular es contra tropas como las que combaten las fuerzas de EE.UU. en Irak. El Ejército no tiene reglamentos que normen procedimientos contra grupos subversivos. La DINA y la CNI actuaron con técnicas de represión, pero nuestros reglamentos nunca los avalaron.
  Una cosa es que a uno le enseñen cómo hacer un nudo para inmovilizar a una persona y otra muy diferente es cortarle el cuello y hacerla desaparecer. Villa Grimaldi no fue un campo de prisioneros de guerra de acuerdo a los cánones establecidos por el Ejército, sino un lugar donde se violaron los derechos humanos. No se nos instruyó para generar una estructura de esa naturaleza. Tampoco aniquilar significa matar a todos los adversarios, sino asumir una posición tan ventajosa que haga inútil que sigan peleando. Sacar esto de contexto es hacer un uso artificioso de nuestros conceptos.”(6)


Notas:

(1) Valdivia Ortiz de Zárate, Verónica, El golpe después del golpe, Leigh vs. Pinochet, Chile 1960-1980, LOM ediciones, Santiago de Chile, Septiembre de 2003, p. 27.
(2) Los denominados objetivos nacionales variarán de acuerdo al país en el cual se aplica la DOSENA, en el caso de Chile éstos tendrán como parámetros la visión Geopolítica militar de Chile y el patrón de desarrollo aplicado por la dictadura.
(3) Valentín Ferrada, Luis, declaraciones al noticiario Última Mirada de Chilevisión, el 15 de Septiembre de 2004.
(4) Diario El Mercurio, Domingo 10 de Octubre del 2004.
(5) Diario El Mercurio, Domingo 10 de Octubre del 2004.
(6) Diario El Mercurio, Domingo 10 de Octubre del 2004.

Reseña “Liberalismo y Poder. Latinoamérica en el siglo XIX”.



Reseña “Liberalismo y Poder. Latinoamérica en el siglo XIX”
Iván Jaksić y Eduardo Posada (eds.)
Santiago de Chile, 2011.
Fondo de Cultura Económica.
340 pp.

  Recorrer el camino del pensamiento político latinoamericano desde el término del dominio español hasta nuestros días, es sin duda una tarea compleja, más si esto conlleva cuestionamientos al orden actual de la sociedad, en la diversidad de aspectos que la conforman. En este el marco en que se sitúa Liberalismo y Poder. Latinoamérica en el siglo XIX.
  Planteándose como “un intento de tomar el hilo revisionista” de David Bushnell con respecto al liberalismo como ideología hegemónica durante el siglo XIX, los autores de este libro nos introducen en el liberalismo latinoamericano a través de diez ensayos, colocando como centro de la discusión las ideas y políticas liberales durante el siglo antepasado. Desistiendo, sin embargo, del análisis de los supuestos económico de dicha ideología, inscribiéndose en una postura historiográfica opuesta a las que sostienen que el liberalismo es inseparable del surgimiento del capitalismo.
  Con la limitación antes expuesta, el libro nos introduce, primeramente en una identificación general de la concepción inglesa y francesa de liberalismo, así como del primer liberalismo español y proyección a los territorios hispanoamericanos. Explorando posteriormente el desarrollo nacional del liberalismo decimonónico en Venezuela, Perú, México, Chile, Argentina, Colombia y Brasil. Trazando un recorrido desde el pensamiento ilustrado hasta el positivismo, delineando paralelamente, una frontera entre quienes priorizaron el orden institucional de quienes se inclinaron por la libertad política.
  En cuanto a su metodología y exposición, ésta serie de ensayos se enmarcan en tres áreas que permiten la mixtura de lo expuesto por los diversos investigadores seleccionados para realizar tal labor. En primer lugar, el ofrecer una panorámica de los ritmos y lugares del liberalismo latinoamericano. En segundo lugar, confrontar las arraigadas nociones sobre el carácter exótico del liberalismo en la región. Y, en tercer lugar, considerar los impactos de las ideas liberales en los procesos políticos nacionales durante el siglo XIX. En último lugar, y a manera de conclusión, se realiza un balance del legado liberal, analizando las razones de sus frecuentes fracasos y continuidades.
  De manera general, se logran los objetivos planteados, principalmente por el alto nivel de complejidad que es necesario para exponer, de manera acotada, las circunstancias en que en cada país se desplegaron dichas concepciones. No obstante, las limitaciones de los análisis producto del enfoque seguido por los autores.
  En una plano más particular, se destaca el interesante ensayo incluido de Roberto Breña: “El primer liberalismo español y su proyección hispanoamericana” (pp. 63-88), quien expone de manera sintética las problemáticas referentes al concepto “liberal”, en un marco tanto europeo como americano, realizando una aproximación a la diversidad de factores diferenciadores entre ambos continentes. Presentando de ésta manera, las peculiaridades de los mismos, y las bases históricas en que se pretendieron aplicar.
  Sin lugar a dudas, el texto reseñado ingresa en una problemática que continúa hasta el día de hoy, principalmente cuando nuevos actores sociales en Chile y el resto de Latinoamérica cuestionan conceptos como Nación, Estado o ciudadanía.
  Sin embargo, creo que la exclusión del liberalismo económico del análisis de ésta investigación, promueve la supresión de enfoques que sitúan el cambio postcolonial como político y no social. Lo cual conlleva, necesariamente, a un replanteamiento de lo expuesto en la obra reseñada, sobre todo en lo que dice relación a la praxis de la ideología liberal en nuestro continente.
  Es así como es posible plantear cuestionamientos que apuntan a la inexistencia de una revolución burguesa, la que tuviera por propósito la transformación de la organización económica y de propiedad del continente, viabilizando no la fractura, sino la persistencia de instituciones y relaciones sociales existentes desde el período colonial, posibilitando y permitiendo la subsistencia de líneas familiares de poder verificables hasta nuestros días.
  La autoprotección constitucional y normativa de los sectores oligárquicos, liberales y conservadores, mediante mecanismos de exclusión, como el voto censitario, transformará al régimen postcolonial decimonónico en una amalgama de cuerpos normativos destinados a garantizar la mínima o casi nula participación social. Y a la mantención en el poder gubernamental de grupos minoritarios que no asumieron un rol revolucionario que modificara de manera profunda y sustancial la composición y organización económica, política, social y cultural de nuestros países.
  Por todo lo expuesto anteriormente, al instalar la igualdad jurídica como eje del orden social, los teóricos liberales decimonónicos, quedaron cautivos en una doble disyuntiva: por una parte el de la desigualdad, ya que la ley no puede garantizar igualdad de derechos si se aplica a sujetos desiguales y lo propio de una sociedad en que la propiedad funda la diferencia de clases.







La comuna de El Belloto como destrucción de los slogans municipales



  Estos últimos tiempos los movimientos ciudadanos han copado la agenda de cambios en el país, y una de las razones más que conocidas es el distanciamiento de las autoridades frente a los anhelos de los chilenos. Encuestas por doquier nos dan cifras cada día más paupérrimas del apoyo ciudadano a la clase política así como a los partidos en general.
 Localmente hemos sido testigos de que uno de esos temas es la transformación de El Belloto en comuna, el cual a lo largo de los años se ha transformado en un slogan de campaña más que en hechos concretos por consolidar un deseo de la gran mayoría de los vecinos de este populoso sector de Quilpué. Sintomáticas son por lo tanto las repetitivas conductas reactivas de la autoridad municipal cuando se visibilizan las carencias que los vecinos podemos ver todos los días, y que dificultan nuestra vida cotidiana.
  Es aquí donde podemos ver cómo un caso particular da luces de lo que ocurre en otras comunas del país. El actuar desconfiado y temeroso del Alcalde de Quilpué, por ejemplo, frente a la pérdida de control de situaciones, hechos o realidades que él estima controladas o mejor dicho, contenidas, es parte de ese Chile cansado de ver que el progreso es para algunos y no para todos. Realizar un acto tan simple como mostrar una imagen de la pobreza integralmente no sólo material; de un basural; de una extensa área sin urbanizar; incomoda a cualquier político profesional sin distingo de su signo partidista, por una razón simple, destruye el slogan y aterriza cualquier idea o concepto a una realidad visible, palpable.
  Esta semana hemos tenido que aparecer en la prensa por un homicidio relacionado al parecer con el consumo y tráfico de drogas, el miedo de declarar algo por parte de los vecinos es explícito y evidente bajo estas circunstancias. Somos el centro de atención, pero sólo por algunos momentos, después simplemente seguiremos conviviendo con nuestros miedos y conflictos. Paradójicamente ante este desgraciado hecho, nuestros propios vecinos también se sienten más seguros, ya que ahora pueden contar con la prioridad policial ante la necesidad judicial de resolver el crimen, por lo que paralelamente la presencia del Estado se hace más visible, siendo que para muchos de nosotros, en ciertas ocasiones, simplemente el Estado no existe en nuestros barrios.
  Pero lo anterior es sencillamente parte de un todo, un todo que incluye la estigmatización de la propia comuna a la que pertenecemos, “es normal que ocurran esas cosas en ese lugar” es el comentario habitual, todo esto destruye el “sigamos avanzando”. Lo destruye porque nunca fuimos al mismo ritmo, no vamos a la par, nuestro compañero de barrio va varios cursos más arriba, y en un colegio con mejor infraestructura y resultados, eso es lo que pasa: El Belloto avanza lo que Quilpué consolidó décadas atrás, las dos plazas más grandes de la comuna no poseen absolutamente ningún símil en El Belloto; las inversiones realizadas en nuestros barrios corresponden en su mayoría a dineros provenientes de fondos del Gobierno Regional más que del Municipio, y en la mayoría de estos casos, dichos programas van en “rescate” de barrios y vecinos, no es una invitación a participar de las decisiones de la comuna, es la “oportunidad” para no caernos del barranco. Rogamos urbanización en materias que en Quilpué se da por sentido común. Es aquí donde la realidad diaria colisiona y retrotrae una situación pretendida como general a una realidad pretérita, destruye el slogan transformándolo en un patrimonio de unos pocos pero no de la mayoría, por ello la necesidad de acallar, de desvirtuar esta otra visión de la realidad comunal. Pero no solamente el enfoque debe ser material, es la humillación la que condiciona, la limosna institucional y municipal, la presión psicológica de sentirse el ejemplo de lo que no se quiere ser, la carga es fuerte, por eso que la pobreza es integral, porque afecta todas las áreas de la vida de las personas, principalmente la psicosocial.
  De ahí la necesidad de ser comuna, de decidir, de no ser condicionados, de romper con el cliché y el slogan de lo que no somos, tenemos virtudes y defectos, pero lo más importante, tenemos nuestra identidad, y esa identidad es la que nos permite saber de nuestros errores, de nuestras carencias, de lo que necesitamos para el futuro, lo cual no se condice con el slogan municipal, pero también por una razón mucho más simple, no somos quilpueinos, somos bellotinos.

  Foto: Familia Riquelme Acevedo, antiguos vecinos de El Belloto, 1979.

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